Noticias de Chiapas
HABLANDO DE HISTORIA
CON EL PROFESOR AGUSTÍN ROMÁN ALVAREZ BOLIVAR
Arthur Morelet. Relatos de Santo Domingo y visita a la zona Arqueológica 1846.
Amigos leedores reciban la fraternidad de mi agradecimiento por el interés en leerme todos los martes en la página del cronista, donde encuentran compilaciones históricas y creaciones propia de mi autoría, el día de hoy pongo en tus manos vivencias de Arthur Morelet en 1846, en sus últimos días de visita en Santo Domingo hoy ciudad de Palenque y la zona Arqueológica de Lakam-ha (la ciudad de las grandes aguas) de Hanab K’inich Pakal. Para Morelet resulto inolvidable lo impresionante de las montañas y la magia de las ruinas por su posición geográfica y el contenido arquitectónico de la cultura de los mayas manifiesta en Lakam-Ha.
Saludos.
Las ruinas de palenque se transforman, cuando hace buen tiempo, en un lugar de recreo donde se instalan con su familia los desocupados de Santo Domingo, para enorme perjuicio de los monumentos, que muestran la huella irreparable de su paso. Cuelgan sus hamacas a la sombra de los montes altos, se merecen indolentemente arrullados por los arroyos y se agasan con una concha que allí se encuentra en abundancia. Es una especie de Melania cuya carne es análoga a la de los caracoles.
Los indígenas son muy aficionados a ellas y nunca dejan de aprovisionarse cuando es el momento. Me ha admirado muchas veces la presteza con que extraen al molusco de su cubierta testácea; golpean, mientras caminan, dos de esas conchas, una contra otra con fuerza y precisión, y a pesar de su cubierta, las dos se rompen por un extremo; luego sorben la substancia y pasan a la siguiente, sin perder tiempo en contarlas. Esta Melania brinda una cal de excelente calidad, la única de que se hace uso en los alrededores. Es probable que hay sido empleado que la composición del estuco que revisten los edificios de la antigua ciudad. Con pesar dejamos esos lugares llenos, no diría yo de recuerdos, pero í de una indiscutible poesía; ¿debemos revelar las consideraciones vulgares que determinaron nuestra retirada? La provisión de arroz y de judías negras de la que nos alimentábamos desde hacía diez días llegaba a su fin; nos hacían falta los productos de la cacería, el bosque no daba frutos, sólo teníamos como recurso las conchas del arroyo; fue el hambre, pues, el motivo de nuestra deserción, el que nos condujo obligadamente al pueblo. Ya el sol había salido cuando bajamos las gradas del antiguo palacio; el eco repetía las mismas notas que, cada mañana, repetía las mismas notas que, cada mañana, resonaban al despertamos; el picamaderos picoteaba troncos suecos y sonoros; los colibríes susurraban a lo largo de los frisos y las cornisas; grandes mariposas azules cruzaban el peristilo despierto… Dije adiós a todos nuestros acompañantes, a todos los que habían alegrado nuestra vida solitaria, luego volví la mirada para verlos por última vez, pero las ruinas habían alegrado nuestra vida solitaria, luego volví la mirada para verlos por última vez, pero las ruinas habían desaparecido ya bajo la impenetrable bóveda de la selva.
Santo domingo puede considerarse como una parada llena de interés para el naturalista. La selva de los alrededores está poblada de pájaros; la flora, muy tropical, ofrece un campo de estudio extremadamente diverso; entre los vegetales curiosos que tuve oportunidad examinar, mencionaré a la asta, célebre por su inflexible sobre esa: la cascarilla (colpaché de los indios), utilizada en la región como febrífugo, y el estoraque (nabá), cuya resina posee un perfume agradable. En lugar de recoger esta substancia mediante los procedimientos ordinarios, los indígenas mutilan al árbol que los produce haciéndole largas incisiones que provocan el levantamiento de la corteza; es esa envoltura leñosa, impregnada de principios aromáticos, la que arde en las ceremonias religiosas, luego de haber sido reducida a polvo. No encontré muchas conchas terrestres en esos parajes un poco umbríos, donde sin embargo el género Cylindrella está representado por la más grande especie conocida, pero hay en cambio una infinidad de mariposas diurnas, nocturnas y crepusculares. El suelo está cubierto por una tal profusión de plantas y arbustos que resulta muy difícil reconocer por su naturaleza; el geólogo no tiene otro recurso que seguir el movimiento de los ríos; así fue como descubrí por azar, a legua y media al sudoeste del pueblo, casi en el lecho del río Chamacás, un banco de ostras y erizos de mar petrificados. El sitio era muy pintoresco: imaginemos un torrente de los Alpes enmarcado por la vegetación del trópico. El estruendo de las aguas arrastradas por un declive rápido de las aguas arrastradas por un declive rápido, la espuma deslumbrante haciendo contraste con el verdor umbrío y lustrado de las dos orillas, la soledad, el ardor de la temperatura, todo concurre en esos parajes a despertar la imaginación. Un poco más arriba de la cascada, en el río, contenido entre peñascos perpendiculares de calizo muy compacto, mide apenas cuatro metros de altura, pero la profundidad es extrema. Los indios aseguran que se ven relumbrar, en el fondo del sumidero cuando el sol alcanza su cenit, las escamas de un cocodrilo de oro; a nosotros no nos fue concedido el disfrute de este espectáculo. Termino con una anécdota que se vincula muy indirectamente con mi viaje, pero que me ha parecido digna de guardarse en una época en que nuestro egoísmo escéptico relega con gusto al dominio de la ficción el heroísmo de antiguas épocas. En 1834, un joven polaco, exiliado de su país y, por así decir, perdido en el planeta, se detuvo en el pueblo de Santo Domingo. Estaba dotado de cualidades amables y parecía de buena cumbre. Los habitantes, cuya simpatía se granjeó, intentaron casarlo para establecerlo definitivamente entre ellos. Primero él rechazo esa idea; fue presionado y, en fin, terminó consintiendo; la novia era una hermosa muchacha perteneciente a una de las más honorables familias de la localidad. En el ínterin, llegó de Tabasco, por no sé qué azar funesto, una vieja gaceta que, circulando de mano en mano, cayó en las del extranjero y lo puso al tanto del estado de la revolución polaca. ¿Qué paso en su alma? Nadie lo supo entonces, pues él guardo celosamente secreto; pero en la noche puso fin a su existencia. Algunos renglones tristemente poéticos, encontrados cerca de su lecho de muerte, resumían todo su destino; luego de agradecer a los habitantes los gestos de interés que había recibido, hacia una alusión melancólica a la servidumbre de su país, luego añadía que su corazón se hallaba insensible todo afecto y que, por no tener en adelante su vida objeto alguno, podía retornar sin culpa al seno de la eternidad.
Parte final.