Columnas de Opinión
Asesinar a un sacerdote
Roberto Blancarte
Cuando hablo de valores, no me refiero únicamente, como muchos lo hacen, a valores religiosos o a ideas conservadoras. Hay muchos principios y valores esenciales para nuestra convivencia que son liberales y progresistas, como el de la libertad, el de la tolerancia, el del respeto a los derechos del otro, a la justicia, etc. El problema es que en México ni uno ni otro han sido transmitidos a gruesas capas de la población. El fracaso de la escuela en México solo esconde otros; el de la familia, el de los gobiernos, el de los sindicatos, el de los empresarios, el de los ministros de culto, etc. No hemos sido capaces ni de vivir con los valores que predicamos ni mucho menos de transmitirlos con nuestro ejemplo.
Por otra parte, mucha gente cree que la religión en sí misma es un antídoto automático contra la violencia. Y eso es falso. Nada más basta leer el Antiguo Testamento para ver la enorme cantidad de violencia, incluso proveniente de Dios, que en esas narraciones tiene lugar. Por lo demás, un repaso rápido por la historia nos muestra cómo la religión ha sido utilizada para enormes actos de violencia, desde la justificación de guerras hasta la de torturas y desapariciones, pasando por la esclavitud o la segregación racial. Y no hablo solo del cristianismo. Incluso en tiempos recientes se puede contemplar la violencia de budistas contra musulmanes en lugares como Myanmar (Burma). Y obviamente la violencia desatada por el autoproclamado Estado Islámico en Medio Oriente.
Lo que me lleva al punto que quiero establecer: el problema no es la ausencia de religión, sino la de valores y principios para la convivencia respetuosa del otro, que por lo visto no se enseña ni en las escuelas ni en las Iglesias, ni en la casa. Es por ello que matar a un sacerdote, aunque se trate de un crimen oprobioso, puede suceder sin que exista un clamor generalizado allí donde sucedió. No es la primera vez que sucede en nuestra historia: Pancho Villa mató a muchos sacerdotes y sigue siendo un héroe de la Revolución mexicana.
Pero la verdad es que ni matar a un sacerdote, ni matar a un diputado, a un soldado, a una mujer o a un narcotraficante debería ser normal, ni mucho menos normalizado, en nuestra sociedad. Solo cuando aprendamos a considerar al otro y nuestro comportamiento cívico-social se apegue a los principios de una convivencia justa y realmente respetuosa de los derechos de los demás, comenzaremos a tener la paz que todos deseamos.
roberto.blancarte@milenio.com