Tenosique
La puerta del infierno
Es la rendija invisible y silenciosa por la que se cuelan a México miles de centroamericanos. Son 50 kilómetros entre la frontera geográfica con Guatemala y la real, en Tenosique, Tabasco, donde se han concentrado los reflectores por los abusos a los migrantes.
Segunda y última parte
La Palma es un poblado de 300 habitantes cruzado por el Río San Pedro. Es el último pueblo a donde remontan los traficantes procedentes de El Pedregal. No pueden ir más lejos, pues la carretera en mejor estado, es vigilada por militares y agentes migratorios. Aquí vive Amanda Quip, integrante del patronato de la iglesia del pueblo, quien desde hace unos 10 años apoya a los centroamericanos con una suerte de voluntariado familiar. Recolecta botellas de refresco vacías para llenarlas de agua purificada y entregarlas a los centroamericanos cuando les ve caminar por la carretera. Su interés por apoyar a los migrantes surgió cuando agentes migratorios hicieron una redada en La Palma, a rastras y garrotazos se llevaron a docenas de “catrachos” y “nicas” que estaban descansando, recién habían bajado de las lanchas. “Algunos se lanzaron al río, se metieron a pantanos y montes para escapar”. Su labor la ha llevado a ser una persona de confianza del franciscano Fray Tomás González, encargado de ‘La 72’. Antes era común escuchar de robos o extorsión a los migrantes. La última vez fue hace un año cuando la Policía detuvo en Tenosique a Moisés Noriega Morales, “La Araña”, nativo de este ejido, y otros cuatro cómplices de una banda conocida como “Los Araños”, quienes aceptaron dedicarse a robar y violar migrantes. Después de esa captura ya no se conoce de más casos de violencia, dice Quip, ni siquiera porque el flujo migratorio ha aumentado.
El Sueño de Oro y El Xotal La puerta del infierno tiene otro camino, construido con dinero del Plan Puebla-Panamá con el que el expresidente Felipe Calderón pretendió recuperar la relación de México con Centroamérica, extraviada décadas atrás. Es una carretera mejor pavimentada pero que los migrantes no usan, pues prefieren brechas y cerros que coronan pueblos como Sueños de Oro, El Xotal y otras comunidades marginadas.
Los niños de El Xotal, como los de Honduras y El Salvador que pasan por aquí, no tienen muchas aspiraciones en educación. “Es muy raro que haya chicos que estudien la preparatoria en estos rumbos, acá somos pobres y esperamos que ellos salgan de la primaria o cuando mucho de la secundaria para seguir su camino pero trabajando”, relata Carolina Pérez Guzmán, dueña de una tienda de abarrotes en el pueblo de 200 habitantes. Los estantes de su negocio lucen semivacíos: unas cuantas galletas, comida chatarra y refrescos. Alimentos de la canasta básica, muy pocos. “Seguido pasan los migrantes por acá, lo que más piden de comer es eso, galletas, panes, agua”, relata. Ella es madre de dos chicos. Solo irán hasta la secundaria porque la familia no tiene dinero para más, pese a contar con una tienda, símbolo de prosperidad en estos lugares. Por estos rumbos las fuentes de empleo son pocas: el comercio local, la agricultura o cuidar la escasa ganadería. En el municipio hay un ingenio, llamado Hermenegildo Galeana, pero solo genera empleo durante seis meses. El resto del año no hay zafra y obreros y cortadores deben buscarle por otro lado. Cerca de ahí, en Sueños de Oro, viven unas 200 familias. Lidia López Márquez, pobladora de Sueños de Oro, relata que ahora esta es una de las zonas más tranquilas para el paso de migrantes, pero dos años atrás, en las brechas que corren entre los cerros eran común punto de robo, secuestro y violación. Desde Sueños de Oro los cerros lucen imponentes, coronados por neblina tenue y vegetación exuberante donde abundan monos cuyo aullido eriza la piel.
Es allá arriba, dice Lidia, “en donde los chingan. A veces los veíamos bajar sin maleta, pidiendo alimento o dinero, quejándose de que los habían robado”. Cansados de los robos “los mismos migrantes se organizaron para atrapar a los maleantes. Un grupito marchó por delante, como de dos o cuatro, de carnada. Cuando los ladrones los intentaron sorprender, otros migrantes les llegaron por los lados, les dieron una paliza y los hicieron correr”. A los pocos días, recuerda Lidia, el cuerpo de uno de los asaltantes, el jefe de la banda, apareció por la carretera. Tenía machetazos y golpes. Pero hay otra versión. La muerte del presunto asaltante habría sido una venganza de los traficantes locales, porque estaban “calentando la zona” y eso perjudica su negocio con los migrantes.
El Ceibo
El Puerto Fronterizo de El Ceibo, del lado de Guatemala, posee uno de los tianguis más importantes de la región y del cual toma el nombre. Mensualmente, según estimaciones de los encargados, sus 450 locales, ubicados en 24 hectáreas, generan unos 60 millones de pesos (45 millones de dólares) en ventas de ropa, calzado y utensilios de cocina de marcas falsificadas. Por eso sus precios no compiten con los almacenes de las grandes ciudades cercanas, y por ello es común ver centenares de mexicanos cargados de pacas de ropa, cajas de zapatos y camionetas atestadas de mercancía a las que le sacarán una ganancia triple. Ese es el mercado sobre ruedas, pero en el pueblo la historia es otra. La miseria en El Ceibo se palpa y respira en las cantinas y chozas que abundan en sus calles. Es el hogar de María Lemus, una mujer de ojos verdes y piel tan blanca que parece personaje de la película El Señor de los Anillos. María anda armada de un machetillo oxidado. “Ando buscando mi caballo”, dice, una de las pocas posesiones. La otra es su casa, una cabañita en el mismo cerro donde está la garita migratoria. El terreno en el cual habita ni si quiera es de ella. Tarde o temprano la echarán, como pasó hace unos años, cuando se construyó el puerto fronterizo. “Ni si quiera nos tomaron parecer, solo avisaron y para afuera”, cuenta. Pero en El Ceibo hay otra soterrada actividad comercial, el tráfico de migrantes en pequeña escala. Algunos de los pobladores de este sitio, incluso familias enteras, son “guías” de grupos de Centroamericanos en busca de burlar la garita guatemalteca. Un juego que todos conocen: mientras en la parte baja agentes de aduanas de Guatemala –y uno que otro mexicano- se afanan en revisar a los comerciantes que cruzan la frontera, a unos 500 metros de la garita el flujo de migrantes corre sin frenos. En la línea que divide a los dos países no hay muros ni alambradas, sólo una brecha donde los centroamericanos caminan los primeros metros de México. No parecen preparados para andar entre la vegetación o sortear ríos y charcos. Ellas lucen arregladas, como si fueran a una fiesta o al trabajo, a veces con peinados bien detallados y zapatos bajitos; los hombres también portan playeras de equipos de ligas mexicanas como el América y el Cruz Azul. Visten así para confundirse con personas de la localidad y despistar a las autoridades y traficantes, dice Rubén Figueroa. De boca en boca, los migrantes se recomiendan ropa casual para no atraer la mirada de los traficantes y ladrones. En sus mochilas cargan la ropa para caminar y trepar al tren.
Casa del Migrante En La 72 hay reglas, como no tomar, no fumar, no hacer escándalo ni peleas. Pero recientemente fue necesario añadir una más: está prohibida la entrada a las iguanas. Hay una razón, explica Rubén Figueroa. Al albergue era común que los migrantes llegaran “con rollos de iguanas que se comían hervidas con una salsa y sal”. También era frecuente que, aburridos de comer frijoles y arroz “se iban al monte y las cazaban”. Pero a veces no se comían todas las presas y dejaban algunas vivas. Las iguanas trataban de escapar y entonces se metían a los dormitorios o la cocina. Y empezaba el escándalo. “Imagínate media docena de iguanas corriendo a medianoche sobre montones de migrantes tirados en el suelo en un albergue… ¡chico desmadre que se armaba!”, cuenta Rubén entre carcajadas. La anécdota ilustra el ánimo de quienes apenas han recorrido 50 kilómetros de México, y que se nota en la sonrisa fácil de los jóvenes mientras cuentan sus planes al llegar a su meta. Cientos de kilómetros al norte ese ánimo se ha perdido. Los centroamericanos que llegan a ciudades como Coatzacoalcos, Veracruz, ya no sonríen, sus ojos no brillan como al inicio y difícilmente hablan con mexicanos. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) sostiene que entre Tabasco y Veracruz se comete el 55 por ciento de los 20 mil secuestros de migrantes que cada año hay en el país. Por eso los migrantes parecen distintos. En Tenosique ríen con la caza de iguanas: apenas han cruzado la puerta de México. Pero en Coatzacoalcos ellos son la presa. Ya están en el infierno.
Este texto forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Fundations.
Los centroamericanos que llegan a ciudades como Coatzacoalcos, Veracruz, ya no sonríen, sus ojos no brillan como al inicio y difícilmente hablan con mexicanos.
20 Mil secuestros de migrantes al año.
55 % De los secuestros de migrantes se comete en Tabasco y Veracruz.

En la línea que divide a los dos países no hay muros ni alambradas.

Tenosique, paso obligatorio e inseguro de migrantes.

Centroamericanos son ayudados por voluntarios quienes les indican dónde poder dormir y cambiarse de ropa.

María Lemus, habitante de El Ceibo, un pueblo sumergido en la miseria.
Ignacio Carvajal: Tenosique
Fotos: Ángel Hernández