Por: Agencia / YST
En el corazón del verano antártico, cuando el hielo se fractura y la vida se concentra en pequeños refugios marinos, los machos de foca leopardo se convierten en cantantes incansables. Durante horas, permanecen sumergidos, emitiendo secuencias de sonidos potentes y repetitivos que atraviesan largas distancias bajo el agua. No cantan por placer: es un despliegue calculado para atraer hembras y advertir a otros machos.
Estos cantos no son improvisados. Cada macho utiliza una combinación específica de cinco tipos de llamadas estereotipadas: trinos dobles agudos, trinos medios, trinos descendentes graves, trinos dobles graves y un “hoot” grave acompañado de un trino. Es su “alfabeto sonoro”, una herramienta que, a pesar de ser limitada en variedad, puede producir un sinfín de secuencias.
El nuevo estudio, realizado en la Antártida Oriental, registró las voces de 26 machos y analizó el patrón de sus canciones. La sorpresa llegó al descubrir que, aunque todos usan las mismas notas, el orden en que las combinan es único para cada individuo, como si cada uno tuviera su firma musical.
Para descifrar la estructura de estas melodías, los científicos aplicaron una herramienta matemática conocida como teoría de la información. En particular, midieron la entropía, que indica el grado de imprevisibilidad de una secuencia. Cuanta más alta es la entropía, más difícil es anticipar la siguiente nota; cuanto más baja, más repetitiva y predecible resulta la melodía.
Los resultados fueron reveladores: las canciones de foca leopardo son menos predecibles que los cantos de ballenas jorobadas y los silbidos de delfines, pero más predecibles que muchas composiciones humanas. De hecho, su nivel de orden se acerca al de las rimas infantiles, simples pero estructuradas.
Este hallazgo sugiere que el orden de las llamadas podría ser un vehículo para transmitir información esencial: desde la identidad del macho hasta pistas sobre su condición física. La constancia en la estructura, combinada con cierta dosis de variación, permitiría a las hembras reconocer a individuos concretos incluso a kilómetros de distancia, a través del hielo y las corrientes.