Por: AGENCIA / SHD
Elegir y decidir pueden parecer, a todas luces, un par de verbos de lo más corrientes. Los usamos todos los días y difícilmente vemos algo más allá de ellos mismos más que su propia función. Decidir significa en latín “resolver” y también “cortar”. Podemos definir “decidir” como “formar el propósito de hacer algo, o hacer una elección, tras la reflexión sobre algo”. Y una de las primeras formas de traducción del latín de “elegir” es “deliberación y libertad de actuar” que debemos sumar a “escoger o preferir a alguien o algo para un fin” como bien nos dice la RAE. Sé que llevamos mucho tiempo tratando distintos temas filosóficos relacionados con el mundo de la ética, entendiendo esta como la disciplina filosofía que se encarga del estudio de las morales y sus reglas. Pero déjame que te lo afine un poco más antes de que te dé una alferecía, y si no sabes qué es una “alferecía” te recuerdo que Google es tu amigo… a veces.
Hemos definido a la ética en sí, como el modo de relación de los animales humanos, por tanto, es un campo vastísimo de posibilidades de acción sin cortapisas (escuchamos, pero no juzgamos). Y a la moral la hemos definido como el conjunto de reglas y principios con los que reglamos y concretamos ese vasto espacio ético.
Pues la forma de adecuar y dar posibilidad de ser a la moral, como herramienta necesaria para acotar la ética, son las acciones a las que llamamos “elección” y “decisión”. Nada más y nada menos. Y, por si lo dudabas, el que debe elegir y decidir eres tú tanto como yo. Estos dos conceptos no son tan corrientes como pensábamos al principio, y todos los estudiosos de la ética han dedicado tantas páginas y horas de trabajo que jamás podré resumírtelas en tan pocas letras. En fin.
Lo que sí puedo hacer, es explicarte que elegimos y decidimos siempre dentro del marco de posibilidades que nos da la moral que, como sociedad aceptamos y nutrimos. Elegir o decidir, desde fuera de estas lindes, siempre será una cuestión delicada y no carente de peligros, pues no sería improbable que estuviéramos cometiendo hasta algún tipo de delito. Si no lo tienes esto del todo claro intenta tomar como esclavo a tu vecino senegalés del quinto o, en tu próximo viaje a la India, sacrifica a una de las vacas que pasean libres por la calle y hazte con ella una milanesa con patatas fritas, ya me cuentas cómo te va.
Es cierto que las morales limitan, pues no dejan de buscar su propia autoconservación y están diseñadas para evitar una anomalía espontánea que tensione y ponga en peligro el statu quo social. Pero toda moral ofrece un abanico de posibilidades de elección y decisión suficientemente amplio como para poder hacer muchas más cosas de las que imaginas. Claro que, para ello, necesitaremos de la mejor herramienta que el ser humano haya inventado en los últimos milenios y no es el fuego, es la razón. O para que nos podamos entender más fácilmente, el pensamiento crítico.