Por: AGENCIA / SHD
Cuando se habla de medallas olímpicas, la imaginación colectiva se tiñe automáticamente de dorado. Sin embargo, en la primavera de 1896, en el estadio Panathinaikó de Atenas, el metal más preciado no fue el oro, sino la plata. Así comenzó la era moderna de los Juegos Olímpicos, y así lo recuerda la pieza histórica que acaba de protagonizar una subasta excepcional en Dinamarca.
Tal y como ha adelantado la casa de subastas Bruun Rasmussen, una medalla original de los primeros Juegos Olímpicos modernos, celebrados en Atenas en 1896, ha salido a puja con una estimación inicial de entre 26.000 y 40.000 euros. La pieza, considerada una de las primeras medallas olímpicas modernas entregadas a un vencedor, no es solo un objeto de colección: es un fragmento tangible del renacimiento olímpico impulsado a finales del siglo XIX.
La subasta, celebrada en un contexto especialmente simbólico —coincidiendo con la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Italia—, ha reavivado el interés por una época en la que el olimpismo era más una apuesta cultural que un espectáculo global. A finales del siglo XIX, la recuperación de los Juegos no era un negocio multimillonario ni un escaparate de marcas, sino un proyecto idealista liderado por el barón francés Pierre de Coubertin, decidido a resucitar el espíritu deportivo de la Antigüedad clásica.
Atenas 1896: cuando el campeón recibía plata
Los Juegos celebrados en Atenas entre el 6 y el 15 de abril de 1896 marcaron el regreso de una tradición interrumpida durante más de 1.500 años. En total, participaron 241 atletas procedentes de 14 países, todos ellos hombres, que compitieron en 43 pruebas repartidas en nueve disciplinas. Grecia aportó la delegación más numerosa, seguida por Alemania, Francia y Gran Bretaña.
Lo que muchos desconocen es que el sistema de premios era diferente al actual. El vencedor recibía una medalla de plata, una corona de olivo y un diploma. El segundo clasificado obtenía una medalla de bronce, mientras que el tercero no recibía presea alguna. El oro no se introduciría hasta los Juegos de 1904, celebrados en San Luis.
En el anverso aparece el dios Zeus sosteniendo en su mano una pequeña figura de Niké, la diosa de la victoria, que a su vez porta una rama de olivo. En el reverso, la Acrópolis de Atenas, con el Partenón reconocible en segundo plano, aparece acompañada por la inscripción en griego que reza “Juegos Olímpicos Internacionales – Atenas 1896”. No es solo una medalla: es una declaración de intenciones estética y política, una conexión directa entre la Grecia clásica y la Europa finisecular.