viernes 10 de abril de 2026 - Edición Nº541

Mundo | 30 mar 2026

QUÉ MÁS PUE…

Un llamado profundo a la transformación interior nuestro, no sentimentalismos o negocios de fe


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Por: CARLOS RAFAEL COUTIÑO CAMACHO

La Semana Santa representa mucho más que una tradición religiosa, con sus escenificaciones o representaciones vivas, no y no es un periodo vacacional; es, en esencia, un llamado profundo a la transformación interior nuestro, no sentimentalismos o negocios de fe.

Esta temporada revela una dualidad evidente. Por un lado, miles de personas participan activamente en celebraciones que evocan la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Por otro, persiste una desconexión entre el acto simbólico y la práctica cotidiana de los valores que el cristianismo promueve.

Esta brecha abre la discusión sobre la necesidad de pasar de un servicio humano superficial, basado en apariencias, protocolos o tradición, a un cristianismo auténtico, comprometido y transformador.

El “servicio humano” entendido como cumplimiento externo, muchas veces se queda en lo ritual: asistir a misa, cargar una palma o participar en una procesión. Sin embargo, el mensaje central de la Semana Santa apunta hacia una vivencia más profunda, ejemplo es, el amor al prójimo, la humildad, el perdón y la justicia social. Es ahí donde radica el verdadero desafío.

Sin culpar o citar a alguien en particular, hoy las desigualdades, violencia y crisis de valores, la espiritualidad cobra una relevancia especial. No como evasión, sino como motor de cambio; la Semana Santa ofrece la oportunidad de replantear conductas, de cuestionar la indiferencia y de asumir una fe activa que impacte en la vida pública y privada.

El giro hacia un cristianismo real implica coherencia, no basta con recordar el sacrificio de Cristo; se trata de replicar su ejemplo en lo cotidiano; en el trato con los demás, en la honestidad, en la solidaridad. Este enfoque exige dejar de lado la simulación para dar paso a una espiritualidad consciente.

Así, la importancia de la Semana Santa no se mide en la cantidad de asistentes a los templos, sino en la capacidad de generar cambios reales en las personas. Solo entonces, la fe deja de ser un acto temporal para convertirse en una forma de vida permanente.

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