Por: Agencia / YST
Sobre la vasta alfombra verde del Amazonas, en el extremo norte de Brasil, lejos de las ciudades, el asfalto y las pantallas, una comunidad indígena no contactada late con el pulso lento de la tierra. Un pueblo de menos de cien personas vive dentro de un gran círculo llamado yano, una casa comunal abierta al cielo donde todo —la vida, el alimento, la danza y el sueño— se comparte.
Allí, en territorio Yanomami, no existen muros que dividan ni relojes que apuren. La existencia transcurre descalza, desnuda y silenciosa. El tiempo se mide por la luz del sol, la fuerza de la lluvia y los ciclos de la selva. Los sonidos son los del viento, el canto de los pájaros y los susurros de la comunidad. No hay cables ni cemento. Todo lo que rodea y sostiene es natural, espiritual y ancestral.
Desde el aire, cuando una avioneta sobrevuela la zona —quizá por error, quizá con intención de vigilar—, los miembros de la comunidad alzan la vista. Se les ve curiosos, quietos, brillando con la misma fuerza vital que emana de la selva. No entienden el ruido de los motores. No necesitan entenderlo. En su mundo, ese sonido es apenas una interrupción pasajera.
No se trata de atraso. Se trata de otra manera de habitar el mundo.
Para muchos, son una incógnita, una rareza antropológica. Pero su existencia es también un espejo: nos muestra lo que una vez fuimos y lo que podríamos perder para siempre si no protegemos a estos guardianes de la selva. Su fragilidad es nuestra advertencia.
En un momento en que el planeta parece agotado, su existencia no es solo una curiosidad: es una lección. Un recordatorio de que hay otras formas de ser, otras formas de estar. Y que algunas de ellas no necesitan ser cambiadas, sino respetadas.
No están perdidos en el tiempo. Están completos en él.