Por: Agencia / YST
En el corazón de la antigua ciudad maya de Chichén Itzá, en la península de Yucatán, se encuentra un cenote profundo y misterioso. Para los mayas, este cuerpo de agua no era solo una fuente vital: era una puerta al Xibalbá, el inframundo.
En el centro de Chichén Itzá, la emblemática ciudad maya en Yucatán, se encuentra un cenote profundo y lleno de misterio. Para los antiguos mayas, este cuerpo de agua no solo era esencial para la supervivencia, sino que también representaba una conexión espiritual con el Xibalbá, el inframundo. Considerado un portal sagrado, el cenote era el lugar donde se creía que habitaban los dioses y donde se podía establecer comunicación con ellos, reflejando la profunda cosmovisión religiosa de esta antigua civilización.
Se creía que el cenote era el lugar donde los dioses habitaban y donde se podía establecer contacto con ellos. Durante épocas de sequía o crisis, los sacerdotes realizaban rituales sagrados en los que se ofrecían objetos preciosos —como jade, oro, cerámica— y, en ocasiones, sacrificios humanos. Las víctimas eran elegidas cuidadosamente, muchas veces doncellas jóvenes, consideradas puras y dignas de llevar los mensajes de los vivos a los dioses.
Los sacerdotes lanzaban las ofrendas al cenote, creyendo que al hundirse en sus aguas, llegaban directamente al mundo divino. En algunas versiones de la leyenda, se dice que si la persona sobrevivía al salto y lograba salir del cenote, se le consideraba bendecida por los dioses y se le trataba como un ser sagrado.
Hoy en día, arqueólogos han encontrado en el fondo del cenote restos humanos y objetos rituales, confirmando que esta leyenda tiene raíces en prácticas reales. Pero más allá de los hechos, el cenote sigue siendo un símbolo de la conexión entre el mundo terrenal y el espiritual.